[Hace mucho frío, una fuerte ventisca azota mi cara, el camino cada vez es menos visible. Mi cuerpo está cansado, le faltan nutrientes y oxigeno, y la arista del glaciar es larga y agotadora. Pero en ese momento, donde todo parece en contra, esa pequeña luz regresa y quema mi cuerpo…]

Habían pasado ya más de 5 meses desde el fallecimiento de Gustavito. Aunque sé que descansa en paz, no pasa un día en el que no me acuerde de él; han habido días incluso en los que sueño con él, y al despertar amargamente recuerdo que ya no está físicamente con nosotros.

 

Hasta el Día en el que nos Volvamos a Ver!…
Alguna vez, tiempo atrás, cuando Luis Legarreta convoco a un grupo seleccionado de elementos para ir a conquistar las 4 cimas más altas de México, Gustavo fue incluido, pero el tuvo que luchar –como bien siempre lo ha hecho- para que Luis lo reconociera dentro del escuadrón…

“En ningún momento me gustaría cuestionar, pues yo entiendo que tienes el conocimiento, pero me gustaría mucho pedirte unirme al proyecto nuevo que tienes en mente, conquistar las 4 cimas más altas de México suena para mi muy bien, pues he perdido gran parte de mi vida por razones de Dios, en una camilla de hospital y quiero probarle al mundo entero y sobre todo quiero probarme a mí mismo y a Dios, que eso no es suficiente, no para detenerme, tengo la determinación, pero el unirme depende de ti…”
-Gustavo Del Palacio a Luis Legarreta, Noviembre del 2007-

Gustavo para mí siempre fue y será el elemento más excepcional, el de las hazañas fuera de serie y el de los retos inimaginables. Era impresionante ver sus fuerzas los días que asistía conmigo a misión, después de verlo con nula energía en su casa, pasando el tiempo frente a la televisión jugando algún videojuego. Dios me había dado la oportunidad de ser su líder y maestro en Águilas Negras, y de tratarlo como el quería que lo tratasen –como un niño y ser humano más-, sin preocuparse por su enfermedad o limitaciones y retándolo siempre a seguir adelante y a superar a los demás.

Desde escalar con un brazo roto, correr distancias bastante largas a través de montañas, hasta los descensos en rappel de más de 50m en estilo “ángel”, todo ello lo hacía ver como un elemento fuera de serie. El grupo admiraba su determinación y actitud, y su habilidad para hacer TODO lo que se le presentara, muchos incluso no supieron hasta mucho, mucho después de la enfermedad de Gus, ya que él lo hacía ver todo muy natural…

Sin embargo yo era de los pocos agraciados que conocía al Gustavo detrás del escenario. Sabía que su condición y su sabiduría lo hacían vivir la vida a todo pulmón, y que por ello no se iba a detener ante el más mínimo obstáculo. Aunque no fue tanto tiempo el que permaneció en el equipo regularmente activo, me había enseñado tantas cosas ya como yo a él. En su primera ceremonia, al pie de los Cerros del Águila, le entregue un pequeño collar con una bala que mi madre me había dado tiempo atrás, antes de alcanzar el rango de Águila Real. Quise que él lo portara y lo guardara, como símbolo de gratitud y de mis esperanzas a que el llegase al máximo rango. El me había elegido como su padrino, y para mí era todo un honor ser elegido como figura por una persona tan maravillosa y excepcional.

El tiempo pasó, y Gustavo empeoro en su salud. En alguna ocasión, ya en su último año de vida, volvió al hospital urgentemente, y ya un poco más estable lo pude visitar. Ahí le di otro preciado regalo, la playera negra; esa estaba destinada para él, y lo único que debía hacer era pasar todos los demás rangos para portarla. El sólo me sonrío y me dio las gracias, y volvió a dormir en aquella cama de hospital.

El tiempo siguió su curso y cada vez pude platicar menos con él, extrañándolo bastante esperaba el momento en el que pudiera regresar. Una de mis últimas platicas con él, a través del Internet, me mostraban señales de que el ya plenamente sabía lo que iba a suceder en un tiempo; pero siempre se encontraba feliz, bromista y positivo, incluso cuando su cuerpo ya no tenía energías. Él ya había cumplido su misión como ángel de Dios, y finalmente, nuestra señora de Guadalupe lo tomaría en su regazo aquel 12 de Diciembre del 2008.

El sentimiento mezclado, entre felicidad y tristeza, ya que el por fin había descansado de ese largo sufrimiento, pero su partida de este mundo era irremediablemente triste. Por muchos días y noches no entendía lo sucedido, pero no había más que aceptarlo y seguir adelante, aprendiendo de él.

El año 2009 llegó, yo volví de la Ciudad de México después de la época navideña a Chihuahua, y me encontraba con un Daniel Del Palacio, hermano de Gustavo, muy herido y decaído. Daniel y yo habíamos sido amigos ya desde hace bastante tiempo, al igual que con Karim Saad, desde el inicio de nuestra etapa universitaria. Además de compartir la carrera y una inigualable amistad, nuestros caminos se cruzaron aun más por Águilas Negras. Durante buen tiempo del inicio de año, Karim y yo vimos las formas de animar y hacer sentir mejor a Daniel (aunque se, en toda la extensión, que es una persona demasiado fuerte). Gustavo se extrañaba a radiar en todos los rincones y corazones de los que él había tocado…

El Llamado de la Mujer Dormida
Mi fascinación por la montaña ha sido algo perpetuo para mí. No sólo por el hecho de que me llame la atención y sea filosófico y apasionado a lo que hago, sino que atrás de todo ello se encuentra la marca de mi familia en las cimas volcánicas de México.

Mi abuelo, José Luís Rivera (q.e.p.d.), fue un buen alpinista en su tiempo, y logro hacer cima en Orizaba, Popocatepetl e Iztaccíhuatl, así como muchas otras cimas dentro de México. Mi madre me había contado anécdotas de cuando él había logrado aquellas hazañas, y de otros familiares que de algún modo se desarrollaron en el ámbito del alpinismo, montañismo, la escalada o la espeleología.

Desde finales del 2008, había lanzado una convocatoria a todo Águilas Negras para hacer un grupo representativo que se lanzara a la conquista de la 3ª cima más alta de México: El Volcán Iztaccíhuatl. Esto era un “seguimiento” al fallido intento de crear un escuadrón el año pasado con el objetivo de iniciarse en el alpinismo. Sin embargo, la convocatoria se mantuvo abierta por más de 8 meses y ningún elemento mostró interés por incluirse dentro de la expedición. Fue un gran desanimo, y estuve a punto de abandonar la lucha, hasta que una tarde, con mi playera negra sobre mi cama, recordé y restaure mis esperanzas al ver el logotipo que caracteriza a mi división AN, las Águilas Bellator…

Logo Bellator

La “Eterna Estrella” posando sobre el Águila me hacia recordar lo mucho que esa luz me guía sobre el cielo, que así como en este momento y en todas las misiones, Gustavo esta sobre mi espalda, pegado a mí. No podía bajar la frente y fallarle al primer Águila Real “Guerrero”. Además, una de sus metas fue la conquista de las cimas más altas de México…

Gracias a las esperanzas renovadas, decidí enfrentar el reto sólo (físicamente), sin importar lo que pasara, yo ya tenia a alguien acompañándome, y eso ya hacia un equipo; Gustavo y yo representaríamos a Águilas Negras en esta expedición. Pude por fin contactar a un amigo de la Ciudad de México, Iván, quien se dispondría a acompañarme a la mujer dormida. Después de reflexionar y entrenar arduamente, además de recuperarme de una lesión, un 22 de Junio del 2009 tomé mi vuelo hacía Toluca, para de ahí trasladarme a la Ciudad de México y pasar unos días con mis primos antes de partir hacia el destino esperado; con mucha incertidumbre, miedo, pero con unas ganas enormes de triunfar… Ante la bella, enorme y mítica Iztaccíhuatl.

Iztaccíhuatl

 

Vuelo en el Cielo Azteca

Después de unos días de descanso y previa climatización en la Ciudad de México, me despedí de mis primos y mi hermana, no sin antes terminar de construir una insignia muy valiosa y significativa…

El sábado 27 de Junio, a las afueras de la Ciudad de México me encontré con Iván, mi amigo del DF, y con el resto de la tropa, gente procedente del “distrito”, de Querétaro y de Morelia. Nos dirigimos hacia el Paso de Cortés para firmar el permiso y de ahí hasta el estacionamiento donde uno empieza a caminar hacia los pies del Iztaccíhuatl. Desde el inicio, el mal clima empezaba a azotar y no pasamos dos portillos (miradores, estilo “checkpoints”) para que empezara a caer la nieve bruscamente.

Pasado el transcurso del día, ya lleno de nieve logre alcanzar el “Refugio de Los Cien”, un pequeño refugio hecho de lámina y madera en el cual uno puede descansar y pasar la noche sin problemas. Ahí dormiríamos y el próximo día nos lanzaríamos a hacer cumbre; pero el descanso y la noche fueron horribles. Además del frío que invadía mi cuerpo, el mal de montaña me estaba pegando duro, y con vómitos, debilidad, nauseas y temblores, apenas pude dormir si mucho unas dos horas en toda la noche. Dude bastante, no por actitud sino porque el cuerpo no me daba indicaciones de fuerza, de si subir o no el siguiente día. Cuando logre conciliar el sueño, mi cuerpo se sintió cálido y en paz.

Al despertar, a eso de las 5:30AM, me sentí bastante renovado y con fuerzas. Agradecí a Dios por el descanso y sabía que el espíritu inquebrantable de Gustavo había calentado mi cuerpo un poco para poder tomar energía. Salí del refugio para ver el cielo, y el mal clima había desaparecido: todo pintaba muy bien. Antes de las 6:30, el grupo estaba listo para partir, aunque con unas bajas, entre ellas Iván que estaba muy adolorido de un tobillo y se quedaría, éramos 5 de 8 los que continuaríamos con el ascenso.

Con crampones y piolet en uso, empezamos a ascender por las rodillas, desde donde se dio el despertar del sol y pude ver uno de los amaneceres más hermosos de mi vida, sabía que era un amanecer tan brillante, digno de un día glorioso. Hablando del ascenso, las cosas empezaron a hacerse más difíciles, técnicamente hablando, además del cansancio y la falta de oxigeno por la altura, yo me encontraba sin nutrientes por todo lo que mi cuerpo había vomitado. A lo largo, se oía un rugido como si unos cañones explotaran; mi sorpresa sería el descubrir que ese sonido provenía del celoso dios guardián de la mujer, el Popocatepetl, que soltaba un humo lleno de ira, dirigido justamente hacia nosotros a través del cielo de los dioses aztecas.

Un fuerte tropiezo me vendría cuando, ya cerca de completar las rodillas, la nieve me haría resbalar unos 20m por la nieve cuesta abajo. Mi inexperiencia con el autobelay del piolet seria un factor que lograría sacar adelante, deteniéndome de algún modo con el dichoso piolet pero por una reacción emergente de vida o muerte. El “tirón” haría que mi guante izquierdo se desgarrara, y el susto había sido enorme, ya que debajo de toda la cuesta se encontraba un enorme barranco. Logre ponerme de pie y seguir de nueva cuenta.

Pasando las rodillas, el terreno técnicamente se volvió más amigable, pero eran aristas y cuestas largas y pesadas (para ello uno más ya había desertado y regresado al refugio, por lo que quedábamos 4). El mal tiempo que parecía inexistente empezó a arrasar con todo, nosotros ya habíamos alcanzado el Glaciar de Ayoloco, que es en sí la panza de la mujer (y uno de los pocos glaciares existentes en México aún), cuando las gélidas y oscuras nubes nos alcanzaron.

Vuelvo a donde inició éste escrito… con mucho frío, con la ventisca azotando mi cara, con el camino del glaciar muy poco visible (y aquí uno debe de ir justamente por la arista, porque caminar por en medio del glaciar puede resultar en una ruptura). Yo me encontraba ya débil, pudiendo respirar poco y muy cansado. El panorama es totalmente hostil, pero una vez más, ese pequeño rayo de calor invade mi cuerpo… Camino mientras tengo lagrimas en los ojos y extraño todo, pero recuerdo aún más el esfuerzo enorme que Gustavo había hecho durante tanto tiempo… y vuelvo a entrar en acción.

De ahí en adelante, plenamente fue el espíritu y el coraje lo que movió mi cuerpo. Después de muchísimo cansancio y de horas más de trayecto, alcanzaría la cima el 28 de Junio del 2009 a las 11AM (Hora de México)… Ahí, sentado y exhausto pero con una enorme sonrisa en mi rostro, sobre el pecho de la Iztaccíhuatl a más de 5,200MSNM, por fin pondría en lo alto aquella insignia que representa lo más valioso para mí, aquella bandera que representaba el esfuerzo y el orgullo, el coraje y la determinación, por fin posaba en la cima del cielo azteca, como algún día él lo prometió y quiso hacerlo… En mi mente, agradecía a Dios y a todos aquellos que me habían apoyado, pero conversaba con Gustavo, al fin honroso y digno de mostrarle nuestra hazaña, al fin honroso de escribir todo esto…

 

GRACIAS GUS…

Tributo a Gustavo

Porque día a día eres un ejemplo para mi vida –y la de muchos- de luchar y seguir adelante, de mostrar siempre la mejor cara ante el más temible panorama.

Gracias por enseñarme tanto, y seguirme enseñando, por guiar mis acciones como ángel de Dios que se te envió a esta Tierra, y mostrarle tu inmortalidad al mundo entero a través de la leyenda en la que te convertiste. Me son insuficientes las palabras para demostrar lo mucho que significas.

Gracias por romper la incredulidad, por mostrarle al mundo lo bella que es la vida cuando hay otros que sólo se quejan y no aprecian lo mucho que Dios les ha dado. En ésta y en muchas otras cimas de mi vida siempre te tendré conmigo y te llevare a donde tú hubieses querido ir. Desde la estrella en la que te encuentres y el universo en el que estés volando, te mando mi más grande sonrisa, esperando algún día verte en el Valhalla; descansa en paz mi amigo, mi pequeño hermano, y nunca te olvides de nosotros.

Siempre Inmortal… Hasta que Dios nos pruebe lo contrario…

Después de ello, descendí con una gran victoria entre manos y emprendí el viaje de regreso a casa, donde todos, nos esperaban…

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